Las parteras: acompañando el nacimiento de la Humanidad

En determinadas tribus, las mujeres se retiraban al bosque a parir en soledad. Pero en la mayoría de los casos, desde tiempos inmemoriales, siempre había una mujer que las acompañaban: su madre, su hermana o la partera. Esta última no tenía que ser familiar, pero sí una mujer de confianza, madre y con conocimientos y experiencia sobre la tarea de traer niños al mundo.

Fue hasta el otro día

En nuestro medio, hace relativamente poco tiempo que las mujeres acuden a los hospitales y clínicas para parir a sus hijos. Hasta bien entrada la década de los años 70, esta tarea se llevaba a cabo en su propia casa con ayuda de otras mujeres. Estas mujeres eran ya madres, que habían recibido el conocimiento disponible sobre la atención al parto hasta ese entonces. Parte de este conocimiento era mágico-religioso y otra parte era científico-técnico. Pero en muchos casos estas mujeres contaban con un poco de formación y mucho de voluntad e intuición.

¿Cómo eran las parteras?

Según he podido leer en la bibliografía consultada, eran esposas, madres de familia, en muchos casos numerosa, que tenían un trabajo para poder subsistir relacionado casi siempre con el campo, la agricultura y la ganadería. La mayoría no habría recibido la instrucción suficiente, así que eran analfabetas; pero alguien de su familia o de su entorno las había adiestrado para ayudar en los partos que se iban presentado. Habrían acompañado a este familiar en decenas de nacimientos y adquirido las destrezas básicas necesarias. Así llega el momento en el que empiezan a atender los partos por si solas.

Tendrían que ser mujeres generosas y valientes, dispuestas a abandonar a sus propias familias para caminar durante muchas horas hasta la casa de la parturienta, instalarse en su habitación y acompañarla durante el tiempo que fuera necesario, que podía llegar a ser varios días. Una vez que nacía el bebé lo bañaban, curaban y vendaban el cordón umbilical y se lo entregaban a la madre para que lo amamantara. Algunas incluso volvían a los dos o tres días a comprobar el estado del bebé y de la madre y dar apoyo y los consejos que consideraran necesarios.

Algunas veces ponían dinero de su propio bolsillo para comprar el material necesario para el parto como mantas para calentar a la parturienta en noches de frio, hierbas para ayudar a la recuperación postparto e incluso comida para la puérpera.

Me las imagino rezando y encomendándose a los santos para que las cosas no se complicaran; con miedo cuando esto sucedía, pero procurando mantenerse enteras y no mostrar a la parturienta sus temores.

Serían mujeres discretas, guardando respeto y silencio ante la gran cantidad de secrectos a los que tendrían acceso, como los partos de madres solteras, que hasta no hace mucho estaban muy mal vistos. Cuentan que muchas veces ellas mismas se encargaban de llevar a los niños a las inclusas. Otras veces ejercían de sacerdotes y se encargaban de bautizar al bebé, si presentían que no sobreviviría.

Tendrían que ser mujeres con un alto sentido del altruismo para hacer todo esto sabiendo que no recibirían dinero a cambio. Sus "pacientes" eran en su mayoría gente muy humilde, con lo justo para comer, o ni siquiera eso. Como pago a sus servicios solían recibir los productos de la tierra, frutas, verduras y carne. La gente que recibía sus servicios procuraban que no se fueran con las manos vacías.

Me consta que eran muy respetadas por las mujeres que ayudaban y por sus familias, por los médicos de los pueblos, que apreciaban su pericia y experiencia y, sobre todo por los niños que ayudaron a nacer. Muchos las llamaban "tías", con la cercanía que ese apelativo implica. Porque participar en el nacimiento de un nuevo ser es una experiencia que de alguna forma invisible une para siempre.

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En este año 2020, declarado por la OMS Año Internacional de la Enfermera y la Matrona, muchos pueblos e instituciones están realizando homenajes a esta mujeres, trabajadoras de un oficio fundamental, extinto como tal, realizado de forma altruista, sin sueldo ni cotización, y que ayudó a reducir la mortalidad maternoinfantil hasta la llegada de los centros de salud y los paritorios de los hospitales.

                                Homenaje del pueblo a una partera muy querida
                                               Créditos de la foto: Infonortedigital

 

La partera de Hijas de la Bruma

En mi novela también hago un pequeño homenaje a estas admirables mujeres. Mariquita se llama la partera que ayuda a la madre de Lucía en sus partos. La mujer acaba de llegar desde un cortijo lejano cuando la niña viene a buscarla porque su madre se ha puesto otra vez de parto, esta vez de forma inesperada y prematura. Sin apenas comer ni descansar, Mariquita corre al cortijo Los Pozos para ayudar en lo que pueda a doña Asunción...

GRACIAS A TODAS LAS PARTERAS. SIEMPRE EN NUESTRA MEMORIA COLECTIVA.

¿Conocías la figura de la partera?

¿Conoces la historia de alguna?

¿Conoces a alguien que haya nacido con la ayuda de una partera?

 

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