ÚTEROS, DOLOR Y VIDA

Siempre me ha fascinado todo lo que ocurre dentro de los úteros. Son lugares mágicos y misteriosos donde conviven el dolor, el placer y el impulso de vida.

Por eso quiero compartir con ustedes este pequeño viaje por la matriz de la vida.

 

ÚTEROS, DOLOR Y VIDA

No es más que una especie de pera rosada y hueca, pero tiene la capacidad de albergar todas las posibilidades, de alimentar el futuro y dar forma a la vida.
No puedo sentirlo, solo imaginarlo entre los huesos de mi cintura, con las ilustraciones de los libros de anatomía en mi cabeza, dando forma a esa visión. Me pregunto cómo será un útero vivo. Me gustaría poder ver uno mientras late.

                                 Útero de plástico

El mío llamaba mi atención cuando me dolía durante la regla o cuando no paró de crecer durante el tiempo maravilloso en el que mis hijos vivieron en él. Y, por supuesto, en el deseado y temido momento en el que debía abrirse para que ellos nacieran.
¿Cómo puede doler un órgano con una función tan honorable? ¿Cómo puede doler la casa de la Humanidad? ¿Por qué parir tiene que ser doloroso? Supongo que porque la vida también contiene dolor. Aunque nadie lo quiera sentir, el dolor está ahí, tocando a la puerta y pidiendo atención.

El útero tiene la capacidad de expandirse para irse acomodando al crecimiento de la vida, a ese milagro natural y, por habitual, ya no considerado como tal. Podemos decir que los úteros reciben, acomodan, conectan, alimentan, se expanden, dan calor, sostienen y luego, siguiendo los designios de la propia vida que albergan, remueven y aprietan para empujar hacia afuera lo que está destinado a salir al mundo exterior. No se lo quedan. Eso sería antinatural. Aunque, a veces ocurre que no logran culminar su función y lanzar al mundo, por sí solos, a la criatura que anida en su interior. Es como si un pájaro no pudiera empujar a sus polluelos, cuando están listos, a volar y buscar su sustento por sí mismos. A veces, por diferentes motivos que ahora no tengo pensado analizar,  el útero necesitara ayuda para completar el proceso. A mí me resulta extraño, pero sucede.
A mi útero le han ocurrido las dos cosas, ha dolido y ha necesitado ayuda. Primero, me ha retorcido de dolor durante años para dar paso a la sangre vieja de la menstruación. Me decían que era algo «normal», que lo asumiera, como si ser mujer tuviera que doler. Y también ha precisado mucho apoyo en las dos ocasiones en la que le ha tocado empujar mis polluelos al vacío.
Recuerdo que fue muy frustrante para mí que tuvieran que cortar mi vientre con un bisturí para poder sacar a mi primer hijo, en peligro de muerte, porque el cuello de mi matriz no se abrió apenas nada para que su enorme cabeza lo atravesara. Y eso que se le había ayudado ya con mililitros de oxitocina, tanto que dijo basta de la forma en la que hablan los úteros, entrando en una contracción continua que amenazó con reventarle las paredes.
Todavía me pregunto por qué suceden estas cosas. Al principio pensaba que era algo que solo ocurría a los humanos, pero descubrí que también les sucede a otros mamíferos. Eso me dio una perspectiva más natural y tranquilizadora, porque en algún momento creí que tenía que ver con algo que solo pasa en el subconsciente de las mujeres parturientas. Tal vez haya algo de eso, pero como es subconsciente, no puedo saberlo. Sigue formando parte del misterio de la vida y quizás, siempre lo haga.

En mi siguiente parto, el útero sí que se abrió, pero de todos modos hubo que utilizar una especie de sacacorchos, porque mi hijo tenía las puertas abiertas, pero no tenía pensado salir. Tras una cesárea que yo no consideraba como un verdadero parto, me preparé como mejor pude para tener la experiencia de parir, de que mi útero se abriera como yo creía que era lo natural y mi hijo viniera al mundo «como es debido». Volví a sentir frustración cuando usaron los fórceps porque, de alguna forma, aunque solo fuera un poco, mi útero había vuelto a necesitar ayuda.  Es probable que otras mujeres no tuvieran ningún problema con esto, sin embargo a mí me llevó a reflexionar sobre las dificultades que tengo para recibir ayuda. Pero esa ya es una nueva historia que quizás te cuente otro día.

Otra ocasión en el que mi útero se volvió protagonista fue la primera vez que sentí lo que yo he bautizado como «vértigo uterino». Se trata de esa sensación de tensión y efervescencia que parte de la matriz y sube hasta la garganta cuando estás asomado a una altura considerable observando algo muy bello. Bueno, no sé si esto último es siempre así, pero en mi caso siempre he tenido un paisaje espectacular bajo mis pies. Estaba yo asomada a un mirador donde se divisaba una playa preciosa y solitaria parecida a la de la película El Piano. Mientras buscaba el piano en alguna parte de la playa, sentí un estremecimiento que provenía del vientre y supongo, trataba de avisarme del potencial peligro de caer desde aquellas alturas. La visión me tenía extasiada, pero convivía con el grito del útero, desagradable y estimulante a la vez. Decidí continuar en mi posición y la sensación fue disminuyendo sin llegar a desaparecer. Quisiera averiguar si los hombres sienten algo similar y de qué órgano de su anatomía pélvica provendrá. Por cierto, no encontré el piano.

Me doy cuenta que estoy escribiendo sobre algo muy íntimo, que contiene sexualidad, menstruación, dolor, maternidad, cuestiones todas ellas delicadas y personales. Me gusta ir ahí, a esos lugares que me resultan más incómodos a explorar cómo me siento con ello, y eso es lo que estoy haciendo ahora con esta historia que te cuento sobre mi propio útero.

Ilustración de Sarai Llamas. Creative design

De alguna manera, cada útero, siendo personal, perteneciendo a un cuerpo, pertenece también a toda la Humanidad. Porque en él está su origen, en el se gestan las nuevas vidas y en él también tienen lugar el placer y el conflicto, placer y conflicto que nos afectan a todos.
Durante el sexo se produce todo eso. El sexo contiene dolor y placer y es fuente continua de conflictos. Cuando es placentero, produce oxitocina, sí, la misma hormona que ayuda a abrir la matriz durante el parto. Y es que de esa manera, la contracción que produce hace progresar el esperma a su deseado encuentro con el óvulo. Pero cuando el sexo no es placentero, si no que contiene violencia implícita, como sería el caso de una violación, el dolor queda de alguna manera almacenado en el órgano, o eso es, al menos, lo que yo creo.
No es casualidad que durante muchas de las múltiples guerras, conquistas y reconquistas que se han llevado a cabo a lo largo de toda nuestra Historia, cuando se tomaba un territorio, las tropas invasoras se dedicaran a violar a las mujeres como una acción militar más para completar la ocupación. Porque tomar la tierra es tomar también los úteros, porque son la misma cosa, son la matriz de la vida. Las guerras se acaban librando siempre sobre el cuerpo de las mujeres.

Para mí, los úteros guardan, de alguna manera, toda esta información, de dolor, de lucha, de opresión, de violencia. En un mismo órgano conviven la vida, el dolor, la muerte, el placer y el impulso creador. Ese pedazo de carne del que hoy he querido hablarte es el origen y la continuidad de la vida humana, misteriosa y bella, cruda y urgente. Como tal, ahora encuentro lógico, según escribo sobre él, que contenga dolor, porque la vida contiene dolor, físico y emocional, los dos a la vez. Y lo que a mí me llama la atención es que cuestionemos eso, el misterio de la vida que vivimos, si no tenemos ni idea de cuál es su sentido. Llegados a este punto, puedo concluir que si rechazamos el dolor, rechazamos la vida y que si queremos entender la vida, debemos honrar todo lo que contiene.

 

 

 

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